Mario Zúñiga. Director de Contribuyentes por Respeto. Profesor de Análisis Económico del Derecho en la UPC [1].

 

En el marco de la reciente polémica suscitada por el aumento de sueldo recibido por los ministros de Estado (y otros funcionarios) en el marco de la aplicación de la Ley del Servicio Civil, no ha faltado quien esgrima el argumento de que “trabajar para el Estado es un honor”, o “debe hacerse por vocación”, concluyendo por eso que los Ministros de Estado no debieron recibir un aumento.

Suena bonito, pero es insuficiente. Es cierto que trabajar para el Estado, en la medida que dicho trabajo efectivamente sirva al bienestar general, puede ser un honor. Es cierto que para realizar el muchas veces sacrificado trabajo público se requiere vocación. Pero, parafraseando a Calamaro, “no se puede vivir del honor”. ¿Acaso no es honorable también ser médico, maestro o policía? ¿Debemos concluir entonces que ellos también deben trabajar gratis o que no merecen un “buen sueldo”? Y hay que precisar aquí que un “buen sueldo” no puede ser una cifra establecida arbitrariamente, ni necesariamente con un criterio de “equidad” (no entendemos, por ejemplo, por qué las remuneraciones de profesores se “amarran” a las de los jueces). Buen sueldo es uno que resulte competitivo con el sector privado, que compense al funcionario público de manera similar (o por lo menos cercana) a lo que puede ganar en el sector público. Tal como señala Cecilia Blume, a manera de ejemplo: “un gerente de una empresa importante que, según Gestión, gana en promedio $18,000 al mes. No sería ministro por S/.15,000, salvo que esté dispuesto a pedir préstamos, gastarse todos sus ahorros, o cambiar a sus hijos de colegio”[2].

Los empleados públicos merecen y deben ganar buenos sueldos porque así les damos dos tipos de incentivos. Incentivos positivos, por un lado, ya que una buena remuneración puede servir para captar talentos del sector privado y motiva a esas personas a trabajar de la mejor manera. Incentivos negativos, por otro lado, porque un empleado público bien remunerado no querrá perder ese salario y, por ende, será menos proclive a incurrir en malos manejos, o a dejar el trabajo, intempestivamente, dejando proyectos inconclusos.

No dudamos que existen muchos ejemplos de Ministros y de empleados públicos en general que, renunciando a un sueldo mejor en el sector privado, han realizado un gran trabajo. Incluso con sueldos menores, puede ser atractivo trabajar para el Estado por la experiencia que se adquiere (experiencia que permite a largo plazo cobrar un mejor salario) o por la satisfacción personal que representa. Pero no alcanza. Los sueldos bajos reducen el universo de “buenos empleados públicos” disponibles o, en todo caso, reducen el tiempo que éstos pueden dedicarle a la carrera pública. Eduardo Morón da testimonio de ello con algunos buenos ejemplos[3].

Más allá de los reclamos demagógicos, hay quienes han criticado la medida con un argumento que vale la pena considerar. Los ministros no son necesariamente “técnicos” y son nombrados discrecionalmente por el Presidente de la República y el Presidente del Consejo de Ministros. No son elegidos por concurso público, por lo cual no siempre se asegura que “merezcan” el sueldo. Todo esto es correcto, pero ello no quita que un mejor salario sirva para atraer mejores talentos que de otro modo lo hubieran pensado dos veces antes de asumir el reto. Y si de incluir meritocracia se trata, dado que es complicado establecer un concurso público o criterios rígidos para la elección de ministros (pues el Gabinete requiere también de un manejo político y está bien, consideramos, que el Presidente de la República y el Presidente del Consejo de Ministros tengan discrecionalidad para nombrarlos), nada impide que se puedan establecer bonos por resultados específicos o el establecimiento de indicadores para poder evaluar mejor su gestión.

Finalmente, hay que precisar que lo “honorable” de un trabajo no depende, finalmente, de si recibes un sueldo o no, o de si lo haces para el Estado o no. Lo que debe importar es el impacto positivo en la sociedad. El tipo de trabajo y el esfuerzo y calidad con que lo haces. Y no podemos tener un Estado eficiente, un Estado con empleados públicos que hagan su trabajo con esfuerzo y calidad, si simplemente ignoramos que los seres humanos funcionamos en base a incentivos. Y aunque los incentivos monetarios no son los únicos, o siquiera los más importantes, son los más fáciles de medir y otorgar.

*Imagen tomada de la galería de Stew Dean


[1] El presente texto es una versión corregida y extendida de la columna publicada por el autor en Diario 16 el 19 de febrero de 2014. Disponible en: http://diario16.pe/columnista/44/mario-zuniga/3155/servidores-publicos-por-amor-camiseta

[2] BLUME, Cecilia. ¿Qué es mejor para el Perú? Disponible en: http://diariocorreo.pe/opinion/noticias/8447511/columnistas/que-es-mejor-para-el-peru

[3] MORÓN, Eduardo. Deme dos ministros de 15 mil. Disponible en: http://semanaeconomica.com/economia-sin-anestesia/2014/02/17/deme-dos-ministros-de-15-mil/