Por: José María de la Jara, asociado de Bullard Falla Ezcurra +, profesor de Psicología y Derecho en la Universidad del Pacífico y director de Persuasión y Sistema de Justicia de PsychoLAWgy. 

En setiembre del 2001, a los 16 años, Lindsay Armstrong fue violada. Durante el juicio, los abogados de la defensa le pidieron que sostuviera el pantalón que llevaba puesto cuando fue atacada. Éste no había sido rasgado ni era parte de un examen pericial. El propósito era otro. Querían cuestionar su reputación y credibilidad.

Ese día Lindsay fue violada nuevamente. Esta vez, frente al público asistente, fue forzada a leer qué estaba escrito en la parte trasera de su pantalón (little devil). El acusado fue condenado; Lindsay se suicidó tres semanas después.

Hace unos días el señor Cipriani sostuvo que algunos abortos no eran producto de que “hayan abusado de las niñas” y que ello más bien sucede “muchas veces porque la mujer se pone como en un escaparate, provocando”. Así, al igual que el ajusticiamiento moral a Lindsay, el dedo acusador se volteó y apuntó hacia las mujeres.

¿Ponerse minifalda incrementa el riesgo de violación? No. En realidad el ataque está más vinculada a los impulsos del potencial violador que a las acciones o preferencias de la potencial víctima. Por ello, el modelo de prevención propuesto por la Organización Mundial de Salud se concentra en intervenciones de niños expuestos a maltrato familiar, educación en los colegios, programas de empoderamiento que reduzcan la brecha entre ambos géneros y, especialmente, fomento de una cultura que no tolere la violencia sexual.

Vayamos paso a paso. Es cierto que la excitación sexual altera profundamente nuestras decisiones.  Al respecto, Ariely y Loewenstein realizaron un experimento con dos grupos (participantes neutrales / excitados sexualmente a través de la masturbación) y encontraron diferencias significativas en sus preferencias sexuales. Por ejemplo, solo 6% de los estudiantes en estado neutral confesó que se excitaría por el contacto de un animal, en comparación con 16% de los participantes excitados.

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Fuente: Ariely y Loewenstein.

Sin embargo, la alteración de la conducta en estado de excitación no implica que las provocaciones generen más violaciones. Una minifalda no es un imán de violadores. En realidad, los estudios reflejan que los violadores tienden a seleccionar víctimas que muestran vulnerabilidad, pasividad y sumisión, características que, más bien, son asociadas a vestimenta conservadora (pantalones y mangas largas, capas múltiples, escote alto). En ese sentido, Beiner concluye que las mujeres que se visten de manera provocadora no serían vistas como pasivas o sumisas y, por lo tanto, serían menos pasibles de convertirse en víctimas.

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Selección de fotografías de Katherina Cambareri que muestran qué llevaban puesto víctimas de violencia sexual al momento del ataque.

Fuente: http://goo.gl/4YX4Ve

 

Así pues, las declaraciones de Cipriani reflejan un mito sobre las violaciones sexuales; es decir, “actitudes y creencias que son generalmente falsas pero son mantenidas amplia y persistentemente, y que sirven para negar y justificar la agresión sexual de los hombres hacia las mujeres” (Lonsway y Fitzgerald).  El error específico consiste en asimilar la conducta sexual regular (que de por sí ya debe ser un ejercicio mental difícil para el cardenal) con una situación patológica como la violación. Al realizar esa extrapolación se pierde de vista que el objetivo del violador no es sexual, sino privar de poder a la mujer. Y tal como señala Bruce, “el sexo es solo el camino para producir el daño”.

Ni la vestimenta provocadora, ni la intoxicación (drogas o alcohol) ni el historial de una mujer generan un bypass para evitar el consentimiento antes de tener sexo. Limitar la libertad de las mujeres – a vestirse, divertirse y tener sexo con quien quieran y como quieran – perpetúa dichos mitos, contaminando la percepción social y el sistema de justicia. En específico, las investigaciones muestran que quienes creen en dichos mitos tienden a atribuir mayor culpa de las violaciones a las mujeres (Muehlenhard & MacNaughton) y menor responsabilidad a los hombres (Check & Malamuth), elevan el estándar probatorio para calificar un ataque como violación (Norris & Cubbins) y dictan sentencias más cortas (Finch & Munro).

Por ello es necesario sacar los mitos – y no las minifaldas – del escaparate, así como fomentar un clima de intolerancia frente a la violencia sexual. Para ello es necesario cuestionar la visión conservadora de la iglesia, que limita la libertad sexual de las mujeres, busca un culpable en el lugar equivocado y taladra un guion machista en sus adeptos. Marchemos por eso también este 13 de agosto.